Sin ganar, siempre presos de la
realidad
la derrota siempre en el espejo donde
se van a reflejar
sin ganar si quiera el sol rendido ante
la altura de las contrucciones
apiladas con manos de los que en los
andamios tampoco nunca tienen nombre.
un sol que nunca llega a calentar
que le concede a la luna que saque a la
soledad a pasear
En esos barrios el sol pasa de largo
pues ignora la sombra de los hijos de
los olvidados
y la única luz que centellea es la de
las cadenas de esclavos
donde van atados
todos los sueños que algún día
soñaron
y que ya olvidaron
o que mejor dicho, a los que hace mucho
renunciaron.
Los que nunca tienen nombre en la
historia
los que nunca reciben la caricia de la
memoria
y solo el sucio asfalto de su calle
conoce el torrente que dejan sus lágrimas rotas
de tanto aguantar una garganta en
congoja,
pues ni les permiten gritar
ni nadie se va a girar a escuchar
ni a nadie van a importar.
Se asoman de vez en cuando al balcón
a veces atraídos por la melodía de un
vagabundo cantautor
otras temblorosas por las sirenas que
vengan a echarles de su casa
siempre durmiendo con esa soga al
cuello atada
siempre con el miedo de perder su nada,
mañana
y a quién importa que les golpeen a
patadas
por las escaleras que les llevan a una
calle oxidada
de tantos caminantes que andan sin
fijarse en nada
la ciudad se está acostumbrando, otra
familia desahuciada
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