Nunca me había
detenido a cuestionarme como ha de ser ese limbo, ese espacio vacío, ese hueco
que se me antoja un agujero negro. Me refiero a escribir sin el dolor que
provoca desmenuzar la realidad en busca de una explicación donde el argumento
ridículo o absurdo no tenga cabida. Esa búsqueda incesante e inevitable, casi
innata que conlleva el ver siempre la sombra gigante, grotesca e inconfundible
de un sistema terrible. Siempre suenan esos engranajes, siempre el humo
irrespirable, siempre el ruido apretando los tímpanos de esa máquina vil que
condena a la miseria a la mayoría del mundo. Como sería escribir sin la
frustración sin la indignación y la cólera de ver que quedan muchas, muchos,
tantos que parecen infinitos que no alcanzan a ver al gigante, con la de ruido
que hace, con la de humo que suelta, no puedo evitar la cólera, ¡No tosen! Cómo
controlo el deseo de zarandeo, de decirles, sois estúpidos!, cómo creéis que
con una mascarilla, que con tapones, que con gafas opacas, que encogiéndoos en
un rincón como un pequeño ovillo invisble va a dejar de atraparos la sombra de
la máquina, ¿Cómo? Y de repente algo que me asusta más, quizás me da envidia su
capacidad, su, para mí, super poder, mágico, metafísico, ciencia ficción es
para mi ese poder, el super poder de la indiferencia. Me asusta que eso me de
envidia, pero entiendo que me da envidia porque supone poder escribir sin
cólera, sin sensación de mil pies aplastándonos, de mil siglos de derechos
robados. Como ha de ser mirar al mundo sin ver la máquina, sin humo, y escribir
sobre una gota de agua, sin ser si quiera consciente del sistema que trasluce
tras ella. Porque aunque describa los mil colores de una gota y parezca una
descripción inocua, neutra, jamás es neutra en mis trazos, en mis dedos, en mis
ojos. Pues son los ojos que se arrancaron la venda, y están enrojecidos, me
pican… Mi descripción nunca podrá ser la misma de quien lo mira con las gafas
opacas. Y me cuesta describir la gota de agua sin indignación, como esos
artistas de la vida contemplativa a los que a veces he intentado simular
sentándome en medio del campo. Pero
es inevitable, ya me condené, mi condición de mujer con conciencia de clase
obrera no puede dejar de hacer metáforas con la primavera y ver en los
almendros de febrero como revolución y resistencia. Luego descubro los quieren
alternar esa vida contemplativa con cierta indignación y hacen cola con el puño
alzado en el puerto para coger un barco que les lleve a una isla lejana, desde
la cual se observa la maquinaria, pero no llega el humo, ni llegan los gritos
de los que asustados esquivan sus embistes. Se creen revolucionarios por
lanzarse a hacer la cola que les aleja, y dicen luchar, pero sin mancharse. Después están los que se quedan y miran al
gigante y le compran un paraguas y dentro del paraguas despotrican murciélagos
y cucarachas contra ese monstruo al que ayer le compraron paraguas, al que a
ratos cuando nadie miran le sacan brillo para que luzca menos temible.
Supongo que ya nunca más
podre escribir con paz y neutralidad,
sin cólera y sin odio, pero es que al fin al cabo eso supondría haber dejado de
soñar, y sin soñar escribir sería una
eternidad de hacer listas de la compra.
